Las Relaciones Políticas y Económicas CHINA-EE.UU.: Entre la Confrontación y la Cooperación

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Por, Ernesto Ríos López. Ex-Consejero Comercial de la Embajada de España en Pekín, Vicepresidente del Centro de Estudios Ateneos

Ernesto Rios López
Ernesto López Rios

En abril de 2025 se inició la segunda guerra comercial de Estados Unidos contra China, habiendo lanzado la primera el propio Donald Trump en 2018 con el objetivo de reducir el déficit comercial bilateral que en 2016 había alcanzado un máximo de 347.000 millones de dólares. Además de la imposición de aranceles la nueva fase de la guerra comercial se ha extendido a sectores como las cadenas de suministro de semiconductores, la IA o la energía verde. Estados Unidos ve desde hace más de una década el progreso inexorable de China que le va adelantando al ocupar posiciones económica y tecnológicamente más avanzadas en el mercado global y no está dispuesto a consentirlo, convirtiendo cada acción comercial en un movimiento geopolítico.
En este sentido hay que destacar sobre todo lo demás que el objetivo prioritario a medio-largo plazo del actual mandatario chino Xi Jinping es convertir a China en el primer país del mundo en 2049, fecha emblemática que conmemora el centenario de la creación de la República Popular China.


En concreto podrían resumirse las aspiraciones del gigante asiático en los siguientes puntos:
Incrementar la influencia de China a nivel regional y global.
Crear en todos los foros internacionales un entorno y una opinión favorable a los intereses de China.
Superar y vencer en la confrontación con EE.UU.
Reducir la presencia y las operaciones y maniobras militares de EE.UU. en los mares próximos a China.
Mantener y defender la reputación, legitimidad y capacidades de la R.P.China entre su propia ciudadanía y a nivel global.
Llevar a cabo de forma prioritaria una relación estable y productiva con EE.UU. para lograr beneficios mutuos.

En este contexto y a pesar de la guerra comercial en curso China y EE.UU. firmaron el denominado “Acuerdo de Busan” durante la última gira asiática de Trump que tuvo lugar a finales de octubre 2025.
Mediante este acuerdo China se comprometía a acabar con las exportaciones chinas a EE.UU. de fentanilo y sus precursores, a finalizar con las represalias contra fabricantes norteamericanos de semiconductores y a abrir el mercado chino a la soja y a los productos agroalimentarios procedentes de EE.UU. obligándose a comprar un mínimo de 25 millones de Tm de soja anuales en el período 2026-28. Por su parte EE.UU. se obligaba a aplicar un período de suspensión en la aplicación de aranceles hasta el 10 de noviembre de 2026 en acciones previstas en la Sección 301.


En un gesto insólito, que no había tenido lugar más que una sola vez en la historia de las relaciones diplomáticas entre los 2 países, el lunes 25 de noviembre de 2025 se produjo una llamada de Xi Jinping a Trump, aspecto siempre negado por el Gabinete del Presidente chino.
En esa llamada Xi Jinping quería recordar al Presidente Trump el asunto de Taiwan que la R.P.China quiere incorporar al territorio continental como elemento fundamental de su política, bajo el lema “ONE CHINA”, consiguiendo la isla de Taiwan por la fuerza militar incluso si fuera necesario.


Para demostrar lo decidido que está el pueblo chino con la idea de anexionar la isla de Taiwan, Xi Jinping llegó al extremo de recordar a Trump “la lucha conjunta de China y EE.UU durante la 2ª Guerra Mundial contra el fascismo y el militarismo”. Trump mencionó después que solo hablaron de Ucrania, fentanilo y soja, que la conversación fue positiva, amistosa y continuada y que las relaciones con Pekín son extremadamente fuertes y sólidas.
Taiwan es la absoluta prioridad de Xi Jinping, un tema que no quiso abordar durante la reunión bilateral que mantuvieron en Busan con ocasión de la celebración del Foro Asia-Pacífico de Cooperación Económica (APEC), dejándolo para la visita oficial que Trump tiene previsto realizar a Pekín a mediados de mayo de 2026, lo que permitirá a Xi Jinping hacer “madurar” la opinión de Trump sobre Taiwan.

El nuevo relato consistirá en cambiar la ambigüedad estratégica de EE.UU. y mover su posición de que “se opone” a la independencia de Taiwan, favoreciendo una reunificación pacífica.
De la importancia y singularidad de la llamada de Xi Jinping a Trump da idea el hecho de que la primera y última llamada de un presidente chino a uno de EE.UU tuvo lugar con ocasión del 11-S y la realizó Jian Zeming para transmitir sus condolencias a George Bush por el atentado a las Torres Gemelas. Xi Jinping llamó 25 años después y también se señaló oficialmente que fue a petición de EE.UU.
Hay que tener en cuenta que esta rivalidad inherente, persistente y activa entre China y EE.UU. tiene unas raíces profundas: la forma en que ambos países han aprendido históricamente a relacionarse con el mundo exterior. Y esto es una cuestión de aprendizaje histórico porque para “hacer prospectiva debemos proyectar tendencias estructurales, no solo acontecimientos recientes”.


China constituye una civilización milenaria y esa continuidad la logró resolviendo repetidamente su problema histórico central: evitar el caos y el colapso internos. Cada vez que el poder central chino se debilitó el resultado fue fragmentación, guerra e invasiones. De ahí la obsesión estructural por el orden, la estabilidad y el control territorial.
EE.UU. por el contrario nace de una experiencia opuesta: frontera, expansión y crecimiento. Su lógica histórica no es evitar el colapso interno sino no detener la expansión. Su identidad nacional se forma sobre una idea estructural: expandir su modelo aumenta su seguridad.


De lo anterior se desprenden dos conclusiones básicas:
China teme el caos por encima de todo, EE.UU. el estancamiento.
China expande conexiones y dependencia, EE.UU. expande sistema y normas
Históricamente China no colonizó territorios lejanos al estilo europeo. Cuando fue dominante no necesitó hacerlo. Durante siglos estructuró Asia Oriental mediante un sistema tributario jerárquico en el que Corea, Vietnam o Ryukyu reconocían la centralidad civilizatoria del “Imperio del Centro” (Zhongguo) sin ocupación directa.
Incluso las expediciones marítimas de Zheng He (año 1421), con barcos de 100 metros de eslora que cruzaron el Pacífico en un alarde técnico de navegación hasta las costas del actual Perú, no derivaron en colonización, sino en demostración de poder y establecimiento de redes comerciales.


Este orden regional permitió a China ser el centro económico y político de Asia durante siglos, con innovaciones tecnológicas que le llevaron a ostentar, según algunas estimaciones, el 50% del PIB mundial. Pero el siglo XIX rompió ese equilibrio: las Guerras del Opio (1839-42 y 1856-60), la pérdida del control aduanero, tratados injustos, rebeliones internas y las intervenciones extranjeras, provocaron finalmente el colapso de la dinastía Qing (año 1911). Este llamado “Siglo de Humillación” marcó una prioridad estratégica permanente para China: no volver a depender del exterior.
Por eso actualmente China se expande creando:
Redes económicas (ingreso OMC 2001, fábrica global)
Infraestructuras en todos los continentes (puertos, ferrocarriles, corredores logísticos)
Dependencias productivas (cadenas de suministros, minerales críticos)
Seguridad estratégica (acceso energético, rutas marítimas, tecnología)
El ejemplo más clarificador que resume todo lo anterior es la iniciativa “Belt and Road” (Yi Dai, Yi Lu) que, a imitación de la ruta de la seda, replica a escala global la lógica histórica china: influencia sin ocupación y jerarquía económica sin colonización formal.

El conflicto sigue abierto y su desenlace se aventura imprevisible y estará en función de decisiones que marcarán el futuro de la Humanidad.

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