Madrid-Ateneo_Fachada

por Fco. José Alonso Rodríguez, 29 de Junio de 2026.

Cuando el presidente deja de representar a todos para empezar a representarse a sí mismo Luis Arroyo acaba de dar un paso que probablemente marque un antes y un después en su Presidencia del Ateneo de Madrid. Por primera vez, firma un artículo de opinión política identificándose expresamente como presidente del Ateneo de Madrid.


Puede parecer un detalle menor. No lo es. Es el reconocimiento explícito de una realidad que muchos venían percibiendo desde hace tiempo: la creciente confusión entre la figura del ciudadano Luis Arroyo y la institución que representa.
Porque el verdadero problema nunca ha sido que Luis Arroyo tenga opiniones políticas. Las tiene. Como cualquier ciudadano. El problema es otro. Desde que accedió a la Presidencia del Ateneo, su presencia en los medios de comunicación se ha multiplicado. Su voz tiene hoy una proyección pública muy superior a la que tenía antes de ocupar el cargo.
No es una crítica a su trayectoria profesional. Es una constatación de cómo funcionan las instituciones. Un presidente del Ateneo no recibe únicamente unas competencias de gestión. Recibe también un prestigio acumulado durante casi dos siglos. Ese prestigio abre puertas. Genera entrevistas. Facilita tribunas. Otorga autoridad. Y precisamente por eso exige una responsabilidad extraordinaria.

No basta con afirmar que se habla «a título personal» cuando una parte sustancial de la notoriedad desde la que se habla nace precisamente del cargo institucional que se ocupa.
El público no separa ambas realidades. Los periodistas tampoco. Cuando un presidente del Ateneo interviene de forma continuada en el debate político nacional, el ciudadano medio no distingue entre la persona y la institución. Ve al presidente del Ateneo.
Y, le guste o no a quien ocupa el cargo, esa percepción tiene consecuencias para la imagen de la propia Docta Casa. El reciente artículo firmado como presidente no crea ese problema. Lo hace visible. Lo que hasta ahora podía presentarse como una separación formal entre el ciudadano y el cargo desaparece cuando la propia firma identifica expresamente ambas condiciones.


Y esa decisión obliga a plantear una pregunta incómoda. ¿Quién autorizó a convertir el prestigio del Ateneo en una plataforma permanente de intervención política? Porque el Ateneo no pertenece a una ideología. No pertenece a la izquierda. Ni a la derecha. Ni al Gobierno. Ni a la oposición. Pertenece a miles de socios que discrepan profundamente entre sí y que, precisamente por eso, esperan que quien los represente preserve el carácter plural de la institución. Ese es el verdadero deber de un presidente.


No ejercer como portavoz de una parte del debate político. Sino garantizar que ninguna parte pueda apropiarse simbólicamente de la institución. Cada artículo. Cada entrevista. Cada tertulia. Cada intervención pública realizada desde la notoriedad que proporciona la Presidencia contribuye, quiera o no su autor, a identificar progresivamente al Ateneo con una determinada posición política.


No porque exista una representación jurídica automática. Sino porque así funciona la representación pública de las instituciones. Las personas pasan. Los cargos permanecen. Y quienes los ocupan administran un prestigio que no les pertenece. El Ateneo no eligió a un presidente para ampliar la influencia pública de un analista político. Eligió a un presidente para custodiar el prestigio de una institución que durante casi dos siglos ha sido reconocida precisamente por albergar el debate entre quienes pensaban de forma distinta.


Cuando esa Presidencia deja de ser percibida como un espacio común y empieza a identificarse con una posición política concreta, la cuestión deja de ser personal. Pasa a ser institucional. Y esa responsabilidad ya no recae únicamente sobre quien firma los artículos. También interpela a quienes comparten con él la dirección del Ateneo. No para que compartan o rechacen sus ideas. Sino para que respondan a una pregunta mucho más sencilla:
¿Puede seguir afirmándose que el Ateneo representa a todos sus socios cuando su máxima representación pública aparece cada vez más asociada a una sola manera de entender la política española?


Esa pregunta ya no afecta únicamente a Luis Arroyo. Afecta al Ateneo. Y cuanto más tiempo permanezca sin respuesta, más difícil será convencer a la sociedad de que la Docta Casa sigue siendo el lugar donde caben todos y no el altavoz de quien circunstancialmente ocupa su Presidencia.
Hay defensas que terminan siendo más reveladoras que las propias acusaciones. El reciente artículo publicado por Gonzalo Vázquez constituye un buen ejemplo. Escrito con la evidente intención de proteger personalmente a Luis Arroyo, termina admitiendo precisamente aquello que intenta negar. Al afirmar que algunos «han querido confundir la voz prestada con la propia y al trabajador con el presidente» reconoce implícitamente que esa identificación existe ya en la opinión pública y que constituye un problema reputacional para el Ateneo.


Y quizá ahí resida la mayor paradoja. Porque la Presidencia del Ateneo no presta únicamente una voz. Presta algo mucho más valioso: el prestigio acumulado durante casi dos siglos por una institución que pertenece a todos sus socios. Ese prestigio no puede utilizarse para ampliar la influencia pública de quien ocupa temporalmente el cargo y, cuando aparecen las críticas, pretender después separar artificialmente a la persona de la institución. Si ha sido necesario escribir un artículo entero para explicar que ambas realidades son distintas, quizá sea porque, en la percepción pública, hace tiempo que han dejado de serlo.
Resulta llamativo que quienes hoy presentan como un problema el recurso a los tribunales olviden que el Estado de Derecho funciona precisamente así. Cuando un conflicto no puede resolverse mediante el acuerdo, son los jueces quienes deben decidir. Acudir a los tribunales no constituye un ataque al Ateneo. Constituye el mecan2ismo civilizado previsto por el ordenamiento jurídico para resolver controversias entre partes. Lo verdaderamente preocupante sería sustituir esa tutela judicial por decisiones unilaterales.


La gravedad que vive hoy el Ateneo de Madrid desde la llegada del Grupo Organizado bajo la denominación “Grupo 1820” No es solo culpable Luis Arroyo sino de todos aquellos que le han acompañado en sus Juntas de Gobierno y le han permitido sus desmanes, así como los que votan sin conocer el Ateneo ni ir por el mismo, solo cumplen con los fines del Grupo sin ningún interés por el Ateneo de Madrid como colaboradores necesarios para la destrucción de sus fines Fundacionales y convertirlo Secta Organizada.

Francisco José Alonso Rodríguez. – Presidente Liga Española Pro Derechos Humanos. – Centro de Estudios Ateneos. – Premio a las Libertades “Rafael del Riego”. – Medalla Internacional DD.HH.

José Ignacio Moratinos «El Empecinado».- Coordinador Liga Española Pro Derechos Humanos.- Secretario General Ateneo Cultural Villalar.- Presidente Nacional Círculo Cultural El Empecinado.

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