Indignidad (II) Luis Arroyo
por Fco. José Alonso Rodríguez, 12 de Junio de 2026.

Ayer Luis Arroyo publicaba un artículo titulado Indignidad. En él lamentaba el deterioro del debate público, denunciaba los excesos verbales de la política española y advertía de los riesgos que supone sustituir los argumentos por la descalificación personal. La reflexión sería impecable si no fuera porque quien la firma es la misma persona que, durante los cinco últimos años, ha protagonizado en el Ateneo de Madrid una de las campañas de descalificación personal más persistentes que se recuerdan en la institución. Hay algo fascinante en contemplar cómo algunas personas detectan con precisión quirúrgica los defectos morales de los demás mientras permanecen completamente inmunizadas frente a los propios. En su artículo, Luis Arroyo se pregunta qué catadura moral tiene quien atribuye delitos o comportamientos deshonestos a personas que considera inocentes.
La pregunta es excelente.
Tan excelente que merece ser aplicada también al Ateneo.
¿Qué catadura moral tiene quien acusa públicamente a otros de «extorsionar al Ateneo»?
¿Qué catadura moral tiene quien impulsa la publicación institucional de expresiones como «fraude procesal», «finalidad espuria» o «pretender una ilícita ventaja económica»?
¿Qué catadura moral tiene quien permite que documentos oficiales atribuyan a determinadas personas «vandalismo», «destrozos intencionados» o que «su única causa es perjudicar al Ateneo de Madrid»?
¿Qué catadura moral tiene quien llama públicamente «pandilla de mentirosos» a quienes mantienen una discrepancia jurídica con él?
Porque la palabra también es materia prima de la vida institucional.
Y cuando las palabras son utilizadas desde una presidencia para señalar, desacreditar y estigmatizar a personas concretas, la institución también se envilece. Pero existe además un aspecto particularmente incómodo en todo este asunto. Las acusaciones no fueron formuladas desde una posición de igualdad entre las partes. No procedían de un ciudadano cualquiera ni de un comentarista ocasional en redes sociales. Procedían del presidente de una institución centenaria que disponía de la página web oficial, de las comunicaciones dirigidas a miles de socios, de las Juntas Generales, de los canales institucionales y de una evidente capacidad de influencia pública. Y buena parte de esas acusaciones se dirigieron contra una empresaria privada y contra quienes mantenían una controversia jurídica con la institución que él mismo presidía. La valentía suele ser una virtud admirable. Luis Arroyo carece de ella, ante la Justicia se amilana y dice: “Su Señoria soy un hombre Honorable, padre de 5 hijos, nunca miento, nunca difama y menos amenazo”. Y antes de entrar en la Sala difamo, amenazo a un Socio delante de otros tres. Pero resulta menos impresionante cuando se ejerce desde la cúspide de una institución contra particulares que no disponen ni remotamente de los mismos altavoces. Porque una cosa es defender los intereses de una institución. Y otra muy distinta utilizar el prestigio, los medios y la autoridad de esa institución para construir un relato de culpabilidad personal contra quienes sostienen una posición distinta.

El artículo de Luis Arroyo contiene una frase particularmente interesante:
«No es solo lo que dices. Es lo que haces.»
Completamente de acuerdo.
No es solo escribir artículos sobre la dignidad.
Es cómo se ejerce el poder cuando se dispone de él.
No es solo denunciar la polarización.
Es decidir si se utilizan los medios institucionales para informar o para construir relatos de culpabilidad.
No es solo reclamar respeto.
Es practicarlo.
No es solo exigir moderación a los adversarios.
Es aplicarla a los propios actos.
Porque la diferencia entre una convicción y una pose suele aparecer cuando las mismas reglas que exigimos para los demás deben aplicarse también a nosotros.
Y ahí es donde el artículo de Luis Arroyo deja de ser un análisis político para convertirse involuntariamente en una pieza de literatura costumbrista.
Una reflexión brillante sobre los defectos ajenos escrita por alguien que parece no haber tenido ocasión de leer las actas de sus propias intervenciones. Donde llama ladrones, sinvergüenzas, que pagáis los vicios y las adicciones a Beatriz, para seguidamente ante la réplica de su hija dice yo mismo las tengo. A Luis Arroyo ya no puede salvarle el “rezar por él” como pide un miembro de su familia. Su camino es la de sus amigos la cárcel.
Luis Arroyo, empieza a ser conocido por más cosas como el de los 30.000 o 50.000 euros las joyas de Zapatero.
Politólogo. – Sociólogo. – Presidente Centro de Estudios Ateneos. – Centro de Estudios Manuel Azaña. – Premio a las Libertades “Rafael del Riego”.- Medalla al Honor Juan Martín “El Empecinado”.